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Museo del chisme, Edgardo Cozarinsky
Los Inrockuptibles, mayo de 2005

Se dice de mí...

Un ensayo publicado originalmente en 1973, El relato indefendible, oficia de pista de aterrizaje para una sucinta colección de chismes (el Museo del chisme propiamente dicho) de la más variadas especies y protagonizada por personajes de los más dispares. Y es que tal como dice su responsable, Edgardo Cozarinsky, la transmisión oral del chisme se debe a su excepcionalidad, tanto del alguien como del algo: "Puede concebirse que se cuente una trivialidad de un alguien prestigioso, o un algo insólito de un sujeto oscuro; difícilmente, una trivialidad de un desconocido, y no es frecuente que coincidan personaje y proeza".
El chisme escenifica la transitoriedad llevada al extremo; no sólo nunca se repite idéntico a sí mismo, sino que muta pasando de boca en boca, e incluso tolera el error de atribución. Por eso, el hecho de que varios de los chismes reunidos en el Museo no resulten del todo nuevos no hace más que certificar ese carácter transitorio, la modesta circunstancia en que el relato cumple su verdadera misión: interesar y cautivar "para que el placer circule, como una impalpable moneda".
La idea de recuperar el ensayo original es, sin dudas, por demás saludable; pero el bonus track otorga al libro ese rigor que se enmascara detrás del dúo inefable de la teórica y la práctica. En su ensayo Cozarinsky habla de un "espacio condenado", el de la narración al que "ningún propósito aleccionador disculpa", de una "forma plebeya, incipiente, de literatura", del chisme como del "único avatar accesible a la novela de aquella agudeza que, para Gracián, permite comprender que se ignoraba lo que se creía conocer".
El museo propiamente dicho plantea un recorrido que afortunadamente tiene poco de museo: es divertido, se lo recorre sin que la sonrisa amenace con abandonarnos (como estuvo a punto de ocurrirle al rey Gustavo de Suecia, en el que tal vez sea el mejor chisme con que nos topamos en el paseo), mirando un cuadro detrás de otro con ese movimiento ansioso, más propio del cine, por saber qué sigue después, al mismo tiempo que se intenta retrasar la llegada a la puerta de salida, porque esto significa darlo por concluido y pasar a otra cosa. Incluso cuando los "cuadros" resulten conocidos (Guillermo Cabrera Infante ya nos había informado acerca del encuentro entre Victoria Ocampo y Roger Caillois en uno de los prólogos a Vudú urbano, también de Cozarinsky) nunca son exactamente iguales, arrojando por lo tanto una nueva luz a los hechos narrados, habilitándonos, dándonos un pase para que comencemos por nuestra cuenta a divulgar una versión perfeccionada y personalizada.
Resulta extraño, teniendo en cuenta el carácter oral y móvil del chisme, que Edgardo Cozarinsky dé cuenta pormenorizada de la "fuente", como si intentara dotar al material de una veracidad que la presencia de esa misma fuente no garantiza en absoluto, o como si ignorara lo evidente: que él mismo se convirtió, desde este momento, en la fuente por excelencia de esos breves espacios plebeyos e incipientes a los que ningún propósito aleccionador disculpa.